Rutas e historias de montaña mas o menos normales, y alguna cosa mas…

viernes, 17 de diciembre de 2010

UN BUEN SUSTO

Actualmente nunca nos metemos en una ladera de nieve dura (y a veces no tan dura) sin calzarnos los crampones. Pero hace bastantes años (tantos como 34) no pensaba de la misma forma. Y paso lo que tenía que pasar... El escrito que sigue lo hemos extraído de un relato del 2005 en el que hablaba de un intento al Pic Rodó que fue abortado por una tormenta. Esta vez no hay fotografías (en aquella época no tenía cámara) pero nos creemos que sean necesarias...

Fue en el invierno del 1976... Yo tenía 17 años y Santiago 18. Por aquel entonces trabajaba de meritorio (que nombre tan gracioso) en una agencia de publicidad situada en la calle Balmes esquina Gran Vía. Cartera en mano, cada día atravesaba Barcelona para cobrar recibos, llevar encargos o realizar gestiones burocráticas. A todas partes iba corriendo y guardaba el dinero que me daban para transportes. Esto representaba un sobresueldo y a la vez un excelente entrenamiento para ir de excursión. El sábado por la mañana trabajaba hasta las 13.30 h. Aquel fin de semana quedé con Santiago para ir al pico Rodó. Habíamos subido la cima el otoño anterior, conocíamos la cresta de la vía normal y nos atraía la posibilidad de hacerla en condiciones invernales. Fui a trabajar con la mochila, plegando puntualmente de la oficina para ir a la estación de Renfe de la Plaza Cataluña donde había quedado con mi amigo. A las 14.25 h salía el tren que había de llevarnos hasta Ribes de Fresser, donde tomaríamos el viejo “Carrilet” que subía al santuario de Nuria.

En 1976 los desplazamientos en tren eran tan lentos como incómodos, y los de “Carrilet” de Nuria aún mas... Tras un viaje lleno de avatares llegamos a nuestro destino algo antes de las 22.00 h. Había mucha nieve, la temperatura era muy baja y teníamos un hambre felina. Así que tranquilamente bajamos a la cantina, y mientras nos preparaban un café con leche, nos zampamos una suculenta cena, que en mi caso consistió en una lata de 1 Kg de tomate en conserva mezclada con otras de atún y anchoas y una enorme cebolla. Esta maravillosa ensalada la acompañaba con medio kilo de pan. De postre frutos secos, galletas y el susodicho café con leche. Tras tamaño trallazo de combustible mi cuerpo quedo listo para cualquier cosa...

Eran mas de las 23.00 h cuando empezamos a caminar. La noche era estrellada pero sin luna. Nuestro equipo era muy distinto del que gastamos ahora. Pantalones “rochetores” de lana, polainas, camisa a cuadros de franela, guantes y calcetines de lana, botas de caña alta de cuero, linterna frontal con pila de petaca, piolet largo y de mango de madera,crampones de correas... En la mochila el saco y el anorak de plumas, un plástico, una cuerda de 9 mm-40 metros, abundante material de escalada, fogón,comida y bebida... Mas o menos 15 kilos de peso. Una pasada... Pero éramos fuertes y nuestra moral e ilusión era a prueba de bombas...

La subida al collado de Noufonts fue larga y dura.La nieve era profunda. En muchas zonas nos hundíamos hasta casi la cintura. Abrir traza en esas condiciones era agotador y continuamente nos relevábamos en cabeza. Tras muchas horas de esfuerzo llegamos al collado. Queríamos dormir en la histórica cabaña que hay en el mismo, pero estaba llena de nieve. Al otro lado del collado la nieve era mas consistente y permitía avanzar con rapidez. Así que decidimos continuar y vivaquear en el Coll d´en Bernat. La temperatura era gélida, estábamos cansados, teníamos prisa y necesidad de dormir. El flanqueo hasta el collado era corto y la nieve no parecía excesivamente dura. A oscuras y en esas condiciones nos daba pereza calzarnos los crampones. Y no lo hicimos…

Santiago iba delante, abriéndose paso apoyándose en el piolet a la vez que daba fuertes patadas que dejaban pequeñas huellas sobre la superficie helada. Yo le seguía apoyando los pies en las mismas. Al principio la cosa fue bastante bien. La nieve se dejaba hacer y rápidamente realizamos buena parte del flanqueo. Cerca del cordal noreste del pico Noufonts, la pendiente aumentaba y la nieve era muy dura. Las huellas no eran mas que leves marcas donde apenas se sostenía la punta de la bota. A duras penas el piolet (cuya punta entraba muy poco en la nieve) nos permitía mantener un precario equilibrio, que se hacía casi imposible cada vez que nos movíamos. El miedo se palpaba en la noche y me atenazaba cada vez mas. Maldecía la hora en que decidimos no ponernos los crampones, mientras miraba agónicamente hacia delante donde Santiago me había tomado unos metros de ventaja. De repente la luz que me precedía se giró y oí a mi amigo decir que había llegado al cordal y que allí la nieve no era tan dura. No mas de veinte metros me separaban de la salvación. Pero en aquellos momentos esa pequeña distancia me parecía eternamente larga...

No se cuantos pasos di antes de que resbalara el pie, ni como ocurrió este percance. Lo cierto es que en medio de la oscuridad, de repente empecé a deslizarme por la pendiente helada. Bajaba de lado y a velocidad creciente. Intenté detenerme clavando el piolet, pero fue en vano. Lo perdí y seguí mi loca y descontrolada carrera ladera abajo. Por suerte conservaba el frontal que no se por que motivo llevaba en la mano. Gracias a él podía ver unos metros por delante, dándome la oportunidad de dirigir ligeramente la trayectoria de la caída y esquivar algunas rocas. Recuerdo que Santiago me dijo que todo pasó muy rápido y en silencio. Pero a mi se me hizo eterno... El tiempo ha borrado buena parte de mis impresiones y pensamientos de aquella caída. Pero aún recuerdo aquella extraña sensación de miedo, serenidad y aceptación ante el hecho de que, de un momento a otro, me precipitara por algún cortado. Nada podía hacer para impedirlo...

Tuve suerte. La pendiente era tiesa pero continua y buena parte de los roquedos estaban cubiertos. Me detuve sin un rasguño un centenar de metros mas abajo, en una zona poco inclinada y cubierta de nieve blanda. No se que hice, ni lo que dije, ni el tiempo que paso antes de que Santiago llegara hasta mi. Curiosamente, mi principal preocupación era haber perdido el piolet, por lo que mi alegría fue enorme cuando mi amigo me lo entregó. Lo había encontrado clavado en la nieve mientras bajaba siguiendo el rastro de mi caída. Se había calzado los crampones, y a pesar de la nieve dura y de la fuerte pendiente, había bajado por la ladera rápidamente y sin problemas...

Así finalizó nuestro primer intento invernal al pico Rodó. En el mismo lugar donde finalizó mi caída, hicimos un pequeño hueco en la nieve y montamos el vivac. A pesar del intenso frío y de que nuestros sacos no eran nada del otro mundo (el de Santiago era casero con relleno de plumas de gallina) dormimos de un tirón. Mientras tanto el tiempo cambió. Aparecieron las nubes, se levanto el viento y empezó a nevar. Por la mañana, al sacar la cabeza del saco nos encontramos con que nosotros y nuestras cosas habíamos desaparecido bajo una gruesa capa de nieve polvo. Ponernos en marcha no fue fácil. No tuve la precaución de guardar las botas en la mochila, y una de ellas se heló estando medio cerrada, de forma que no podía calzármela. Tras muchos esfuerzos por descongelarla, y cuando ya me resignaba a volver a Nuria con el pie envuelto en bolsas de plástico, se nos ocurrió la solución. Uno tras otro orinamos en el interior de la bota consiguiendo que el cuero se ablandara lo suficiente como para poder meter el pie. A grandes males...

El retorno a Nuria fue una epopeya. Niebla, nieve profunda, frío, ventisca, cansancio, pies y manos heladas... Tardamos una eternidad en recorrer la parte superior de la Valleta Seca y alcanzar el collado de Noufonts. Después vino una eterna bajada hacia el Santuario...

Tras esta aventura podría pensarse que borramos el pico Rodó de nuestra lista, pero no fue así. Dejamos pasar un año y al invierno siguiente volvimos a intentarlo. Esta vez no hicieron falta los crampones, aunque los llevábamos bien a mano... Tuvimos suerte.  En una jornada memorable de 18 horas seguidas sin parar a dormir, realizamos la travesía N-S de la cima. Finalmente nos salimos con la nuestra…

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Durante un tiempo, la experiencia del pic Rodó me hizo olvidar la pereza de calzarme los crampones cuando encontraba nieve dura. Pero poco a poco volví a coger confianza y de nuevo empecé a pasar de los pinchos. Y paso lo que tenía que pasar... Sufrí nuevos percances, alguno bastante serio, en los que sólo la suerte evitó que saliera mal parado. Pero estas historias las dejo para otra ocasión... Sólo decir que actualmente, Encarna y yo nos ponemos los crampones hasta para abrir el congelador de la nevera. Y es que  como dice el refrán, el gato escaldado del agua fría huye...

EniEn - Diciembre 2010

1 comentario:

  1. Genial! M'encanten aquestes històries de la vora del foc :)

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